Darwinismo Social Económico, el último timo

Por: Héctor Encuentra.

Hoy mismo leía un artículo sobre economía, en concreto sobre la política de intereses negativos.  Sin embargo, lo que más me ha sorprendido del artículo ha sido su alegato en defensa de un sistema económico basado en Darwin y su selección natural.

Sin entrar a valorar la política de intereses negativos, estoy completamente en desacuerdo sobre la idoneidad del Darwinismo Social aplicado a la economía actual. El paralelismo que realiza el artículo entre la economía actual y las teorías de Darwin, recuerdan a la teoría del «Darwinismo Social» y la creencia de que el concepto darwiniano de la selección natural puede ser usado para el manejo de la sociedad humana y en este caso de la economía. 

El Darwinismo Social y su «supervivencia del más apto» acuñado por Herbert Spencer con su   «…los impulsos humanitarios tienen que ser resistidos ya que nada se debe permitir que interfiera con las leyes de la naturaleza, incluyendo la lucha social por la existencia…», justificaron durante el siglo XIX tristes masacres del hombre blanco imperialista «más apto» sobre el indígena «menos apto», según concebían en aquella época.

Su uso como base de la economía actual, permite justificar las excesivas desigualdades económicas que imperan en nuestra sociedad actual como algo «natural», masacrando la equidad y el estado del bienestar.

Dado que la teoría del Darwinismo Social soslaya de entrada el «impulso humanitario», equipara al ser humano con las iguanas de las Galápagos que estudió Darwin. Sin embargo, si algo nos diferencia y nos hace lo que somos es justamente nuestra humanidad. Humanidad y pensamiento en el bienestar colectivo que han conseguido que la especie humana no se aniquilara hasta la extinción en momentos críticos de nuestra historia.

Utilizar a Darwin con argumentos tan simplistas para defender el sistema económico actual es preocupante y partidista. Puesto que esta visión de Darwinismo Social Económico es un timo que solamente beneficia a unos pocos, al igual que en el siglo XIX benefició exclusivamente a los «imperialistas blancos».